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Relación de la toma de las dos islas de Santa Margarita y San Honorato por los marqueses de Santa Cruz y Villafranca, enviada por la duquesa de Fernandina al padre Pedro González de Mendoza, visitador de esta provincia año de 1635.

(Tom. 111, fol. 80 V. 0)

A 28 de agosto por la mañana partió el marqués de Villafranca, general de las galeras de España, la vuelta de Italia, con 1, 200 mallorquines bisoños, cuyo maestre de Campo es el conde de Santa Mara de Formiguera, y con 800 también bisoños del presidio de Perpiñán y de Aragón, a cargo del maestre de Campo D. Juan de Garay, con la infantería de las galeras de España, que, aunque es poca, es gente de valor y vieja.

A 1° de septiembre por la mañana, llegó a Bahía de Sacha, donde no halló al marqués de Santa Cruz, que había ido a desembarcar a Utre el tercio de D. Gaspar de Acevedo, con que quedó su armada desarmada, pues en ella no se hallaban más que escasos 400 soldados del tercio de Sicilia.

Aquella tarde volvió el marqués de Santa Cruz a Bahía; lo recibió el de Villafranca; se hicieron muchas cortesías, y el de Santa Cruz vino a la capitana de España, y los dos enviaron por fray Lelio Brancacho, y llegaron a la dicha capitana de España; se confirió el estado de las cosas concurriendo también D. Francisco de Melo, embajador de Alemania, que pasó con el marqués de Villafranca a Italia.

Diese por invadido el Estado de Milán de franceses a cargo de Monseñor de Créquy, y del duque de Parma, y aun se tuvo nueva cierta de que los que entraron en la Villata eran los tercios del duque de Saboya, y que nuevamente hacía recoltas, y aun se dijo que con ellas había de venir en persona sobre el dicho Estado.

Pareciendo que por la mucha gente que el marqués de Santa Cruz había enviado estaba socorrido, se trató de hacer alguna diversión. El marqués de Villafranca por orden de S. M., propuso lo de Santa Margarita y San Honorato, islas, las cuales al pasar a Italia reconoció cuanto ser pudo por la parte de la mar, desvelejando su capitana, metiéndose en tierra; y también tenía noticia de ellas por haber entrado por uno de los canales al Sr. Infante Cardenal cuando le pasó a Italia.

B. Francisco de Melo se conformó con el marqués; y dijo que era fuerza hacer algo, pero la empresa de las dichas islas fue refutada por tres causas:

La primera, porque la fortificación nueva que se había hecho en Santa Margarita se juzgó por de recinto tan grande que podían caber en ella 6 o 7, 000 hombres, (incompatible número con el que el marqués de Villafranca traía) que era la que estaba más indicada para la dicha empresa.

También se dijo que esta fortificación cubría el canal de entre las dos islas, y que haciéndolo no podrían entrar en él las galeras, y faltándoles puerto, si duraba la empresa, podría salir fallida. Lo que más obstó fue, que el canal de tierra a Santa Margarita, se juzgaba tan estrecho, que con galeras ni barcos no se le podrían impedir los socorros; porque para galeras tiene el canal bajos, y para barcos los de la tierra son más pláticos, y en la gola menos distante al fuerte, tenían los franceses en tierra firme una torre con dos reductillos y buena artillería, y que siendo fuerza atacar a Santa Margarita primero que a San Honorato, porque Santa Margarita la domina, que con esto quedaba la empresa dificultada. El marqués de Villafranca respondió en cuanto al recinto que le tenía por casamado [casamata?] para guardar ovejas, y que la fortificación no dominaba el canal entre las dos islas porque era baja, y era esta la antigua que él había visto, y que lo acrecentado se componía de la calidad dicha, y también afirmó que en el canal de tierra podían galeras y barcos entrar a impedir el socorro.

Se le opuso por dificultad acrecentada a las otros que Santa Margarita no tenía terreno para cuarteles de la gente, y que estando descubierta no se podría desembarcar en ella, y también se dijo algo de tener poca agua, a que satisfizo el marqués de Villafranca con que reconociéndose se vería que estaba todo de otra forma.

Partieron de Bahía de Sacha los dos marqueses a 12 de septiembre a la una del día, y dejaron orden a diez navíos de la armada de lo que debían hacer, los cuales después no llegaron a tiempo.

Al pasar por Mónaco el marqués de Santa Cruz, preguntó al de Villafranca si entrarían, y respondió que no, porque precediese su llegada a la nueva.

Llegaron a Santa Margarita a 13, a las ocho de la mañana, y estando sobre ella enviaron a reconocer el canal de tierra al maestre de Campo D. Juan de Garay, y al maestre de campo D. Manuel Pérez de Ejea, y al capitán Andrés Canox, entretenido en las galeras de España, y todos fueron en una falúa.

El marqués de Villafranca se fue de la capitana a la galera del marqués de Santa Cruz, que viene en la capitana del duque de Tursis, y allí desde las arrerabandas empezaron a reconocer la isla, y enviaron por el maestre de Campo general fray Lelio Brancacho, y el de Villafranca ponderó cuánto más ancho era el canal de tierra que lo que se había supuesto, con que al avistarse lo hubo de conceder, y fue pareciendo más factible la empresa; porque si bien el recinto de Santa Margarita era bien grande, no parecieron cercadas las líneas de él tan en forma como se debía, ni la materia de la fortificación nueva de tan buena calidad.

Discurriendo en estas diferentes causas el marqués de Villafranca empezó a decir con ardor que no era menester esperar la vuelta de la falúa, sino echar luego gente en tierra por la parte de Levante, pues el tiempo era bonanza y el intento fácil; que él iba a desembarcar 500 mosqueteros, gente vieja de sus galeras, y que iría siguiendo la demás.

El conformarse con el desembarcar la gente y desembarcarse fue todo uno, y lo mismo hizo el de Santa Cruz con buena resolución. No tuvo dificultad el ejército en echar la gente en tierra, y luego se empezaron a formar los escuadrones, habiendo llegado luego los maestres de Campo que fueron a reconocer la isla en la falúa; pero no habiendo llegado antes de la desembarcación, llevó la gente de la infantería de las galeras de España el capitán Cristóbal de Unzueta, y para la disposición fue el ayudante Gonzalo Martin, y el ayudante D. Juan Pantoja, que después se agregaron al maestre de Campo D. Juan de Garay.

Los marqueses confirieron en tierra quitar a la isla los socorros de la mar, y en el pie del desembarcadero hizo el de Santa Cruz que le pusieran su tienda, y sobre cuál de los dos había de quedar hubo algunas dudas, porque el de Villafranca no quería volver a su galera, si bien en todas partes intervino después.

A la boca del canal se pusieron diez galeras a cargo del capitán D. Serafín Centellas, que gobierna la patrona de España, y eran de diferentes escuadras.

A la banda del canal sobre tierra firme de la banda de Levante, se pusieron cuatro de Sicilia, y unas y otras con falúas y bergantines para entrar en los bajos. Las dispuso así el de Villafranca, y hecho esto en el canal, donde se dijo que no podían dar fondo galeras, porque las dominaba el fuerte de Santa Margarita, entró en persona la capitana de España delante con otras cuatro de su cargo, a quien siguió la capitana del duque de Tursis con Juanetín, su hijo, porque el de Santa Cruz estaba en tierra. Tiraron a las dichas galeras algunos cañonazos del fuerte, pero el Marqués tomo tal posta, que con áncora y probiz se amarró en el canal, donde la artillería no le pudo ofender, e hizo buena con el efecto su proposición en esta parte. Las galeras que estaban en los puertos se empezaron a estrechar para impedir los socorros, a veces tirando a barcos que intentaban arrojarse, y embarrancando uno y tirando también al inerte de tierra firme.

A la tarde, los dos marqueses y el maestre de Campo general se pusieron a caballo, y fueron a reconocer los puertos que los dos maestres de Campo dichos tenían ocupados, bien estrechos, el fuerte impidiendo por una ladera el socorro de mar que miraba al canal de tierra.

Con el maestre de Campo D. Juan de Garay estaban por frente los 500 mosqueteros de las galeras de España, D. Miguel Pérez de Ejea, y los 400 soldados de las de Sicilia; todos se cubrían con mucho valor y arte militar, y el fuerte al tiempo que los marqueses y el maestre de Campo general se avanzaron a reconocer, hizo cuanto pudo.

Se volvieron [los] tres al desembarcadero, ya tarde, adonde tenía su tienda el de Santa Cruz, y estaba su hijo el del Viso desembarcando la artillería, y el veedor general anduvo también entre los escuadrones, y la artillería se le encargó al capitán Real que lo es de la capitana del duque de Tursis.

A la noche, el de Santa Cruz quedó en su tienda; el de Villafranca se fue a embarcar y salió con su capitana, y solo la galera San Pedro, de su cargo, a dejar por defuera la isla de San Honorato, y reconocer si hacían lo que debían las diez galeras que estaban a la banda de Poniente, al cargo del que gobierna su patrona.

Encendió el fanal en el Garcés y ejecutó el intento de modo que por la parte dicha se metió debajo de la fuerza, y por diversiva y atemorizar el canal tiró algunos cañonazos, y la fuerza se los tiró a él. A este tiempo de los dos aprojes de los dos maestres de Campo se arrimó alguna gente a las murallas hasta llegar a pedradas; el de Villafranca dejó bien dispuestas las galeras, y volvió a su puesto dentro del dicho canal.

Antes de amanecer envió a D. Pedro de Orellana, capitán de su capitana y gobernador de la infantería de sus galeras, que dijese al de Santa Cruz, que ni un hombre había entrado de socorro, y que por impedirlo con la capitana de España había estado casi encallado en los bajos al pie de la fuerza, y que unos barcos que lo habían intentado se habían vuelto huyendo a tierra; que los franceses habían desamparado uno y lo perdió según queda dicho.

Al amanecer se desembarcó el de Villafranca con ánimo de representar al de Santa Cruz y al maestre de Campo general, que, pues la fortificación no mostraba tener foso, era baja y de piedra sola, que se le diese escala de día. Caminando a pie en busca del dicho maestre de Campo general, encontró un atambor que venía con la llamada de pactos, y luego a caballo encontró al marqués de Santa Cruz, y el uno y el otro en dos hacas se fueron a los aproxes, y desde allí se concedió el pacto enviando a dos maestres de Campo y al sargento mayor don Antonio Tamayo, para que los rendidos saliesen con sus armas, ropa y caballos. Luego se ejecutó así; entraron en la fuerza juntos el capitán Cristóbal de Unzueta, que había servido en el patache del maestre de Campo D. Juan de Garay y es el cabo de la infantería de las galeras, y el otro capitán cabo de la infantería de las de Sicilia, que había servido en el patache del maestre de Campo D. Miguel Pérez de Ejea, y salieron 120 hombres con su gobernador.

De las municiones restantes se dio la llave y entrega al Veedor general, que con celo y asistencia ha acudido a todos.

A los rendidos se les dio su pasaje en falúas la vuelta de tierra firme, que no lo quisieron, a la torre enfrente de su fortificación, y ella al desembarcarlos les tiró, y el capitán y gobernador de la dicha fuerza dijo al marqués de Villafranca, al entrar en ella, como lo hizo para la disposición de lo que había de obrar, que le habían engañado genoveses asegurándole que las galeras desembarcaban la gente para el socorro de Milán, y que por esto estaba descuidado y temía tan poco, habiéndose hallado con 600 hombres cuando pasaron las galeras de España.

Con el suceso dicho se envió un trompeta de aviso a la fuerza de San Honorato para que se rindiese, y dijo que respondería dentro de una hora, y a la postre añadió que era buen criado de su rey.

Mientras se llevaba este recado el marqués de Villafranca, que estaba en tierra, envió orden a las galeras que estaban en el canal de entre las dos islas, para que, pues ya el fuerte de Santa Margarita no les podía ofender, se avanzasen un poco, pero sin descubrirse, a San Honorato; más ellas se tiraron tanto avante que el fuerte las acañoneó y le acañonearon de tierra, y de las galeras a tierra se arcabucearon, viniendo los franceses encubiertos con un bosque que está a la lengua del agua, y hubo forzados heridos, y el de Villafranca se fue luego a embarcar, y duró el hacerlo así hasta la una del día.

Aunque el fuerte de San Honorato habían de atacarle los dos maestres de Campo con parte de su gente, tardó más en llegar al embarcadero la gente de D. Miguel Ferez de Ejea.

Con el mucho sol de aquella mañana acertó a estar esta tarde con calentura y mal dispuesto el de Santa Cruz, y a este tiempo vino a la escala de la capitana de España el marqués del Viso, su hijo, y un caballero genovés en una falúa a hablar con el de Villafranca, y decirle cómo venían los esquifes para hacer la desembarcación en Santo Honorato.

El de Villafranca pidió su espada y se la echó al cuello con una banda roja, y sin otra arma se fue en la dicha falúa e hizo la desembarcación de la gente en la isla de Santa Margarita hasta ocuparla, y alguna gente, poca, que andaba en el bosque se retiró a la fuerza.

El maestre de Campo D. Juan de Garay con mucho valor se desembarcó, y pidió orden al marqués de lo que había de hacer, y el marqués le mandé guarnecer un bosque por los dos costados del fuerte, y aunque quiso cerrar luego con una ermita que estaba enfrente de él y debajo, el marqués le entretuvo hasta que vio desembarcados más de sesenta soldados, y luego descubrió su persona al fuerte menos que tiro de arcabuz, y le mandó al maestre de Campo cerrar en campaña abierta, como al punto lo hizo, sin poderse defender de artillería ni mosquetería.

Alojado en la dicha ermita por frente, por los costados ciñó también el fuerte, cubriéndose cuanto pudo de las casas que fuera de él estaban, y el enemigo hizo algún daño a la gente desmandada, que llegarán a tres o cuatro mal heridos.

A las cinco de la tarde vino el maestre de Campo general fray Lelio Brancacho, y visto lo dispuesto le pareció que no quedaba que hacer sino traer la artillería para la mañana siguiente.

En pasar el canal dos medios cañones y montarlos, se entretuvo lo restante del día y parte de la noche, y de un convento de frailes pegado al fuerte salieron dos a decir que quisieran hablar al general, y como no se extendieron a más no fueron oídos.

A la mañana estaban los cañones cubiertos con la ermita y desembocados al fuerte, pero antes que empezasen a batir hicieron los de dentro llamada, y se rindieron con pactos de salir solo los oficiales con las espadas, y ocho frailes de San Benito. Pidieron estos que los dejasen que dar en su convento a ser otras tantas espías, como verosímilmente se puede juzgar, y esta es la parte de que hizo elección primera para recogerse D. Lorenzo de Mendoza, caballero español conocido.

Salieron del fuerte de San Honorato cien hombres con su gobernador, y fueron desembarcados también en tierra firme.

En los fuertes se ha hallado alguna artillería, poca y no gruesa, y ninguna cosa de valor, y en estas dos islas agua y puesto para armadas y galeras, y parece que el suceso conformó con el parecer del general de las galeras de España.

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27 September 1635