Andrés Mendo / Letters / Salamanca

carta_14

Salamanca y marzo 4 de 1634.

(Tom. 216, fól. 345).

Pax Christi, etc. Murió el arzobispo de Zaragoza. Escriben de Pamplona que está toda Navarra tan contenta con el P. Pimentel que se deshacen todos por servirle y regalarle. Hales asombrado con sus sermones, ejemplos, trato y llaneza, y así son increíbles los aplausos que se le harán, sin que haya iglesia que sea capaz de los auditorios.

El P. Hurtado se queda en Madrid, y se dice que de asiento, porque el Conde le quiere tener para que le forme las resoluciones que cada día se le ofrecen. Enviaré las cartas al Sr. Arcedo. Ya tengo acabada la vida de San Juan Hierosolimitano; la enviaré con otros papelillos con el arriero que vino anoche; es famosa, erudita y de lindos chistes.

Las nuevas de hoy y poesías las he estimado mucho, que todo era excelente. Ahí va ese milagro, que es famoso, y nuevo, y allá se holgarán con él. Acá se leen mañana en la Iglesia Mayor los edictos en que se prohíbe el papel de las Admoniciones secretas, y se ha de leer antes de comenzar el sermón, que le predica el P. Fr. Félix de Guzmán, dominico, que no le hará buen estómago, aunque el Inquisidor general escribió a este convento de San Esteban mandándoles que no leyesen el dicho papel, ni el de Róales, y esto muchos días hace.

Dios guarde a V. R. como deseo.

Salamanca y marzo 4 de 1634. Andrés Mendo al P. Rafael Pereyra.

Después de escrita esta, ha venido el correo de Flandes y trae algunas particularidades que no son para omitidas. Dicen que la Reina Madre se vuelve a Francia por no poder sufrir las insolencias de su hijo el duque de Orleans, y que el Papa le ha escrito mandándole que repudie a su mujer, y que el Duque no quiere venir en ello de ninguna manera, antes sabiendo que el Nuncio de Su Santidad, recién llegado a Flandes, le traía una carta a la Duquesa, diciéndole en el sobrescrito: «A nuestra muy amada y querida hija Margarita, princesa de Lorena, » como vio que el dicho Nuncio no la trataba de duquesa de Orleans, su marido le advirtió que no admitiese la carta, que estaba errada, que ella no era princesa de Lorena, sino duquesa de Orleans; y dando gracias al Nuncio por el trabajo que se había tomado en traerla, le despidió, y el Nuncio quedó muy corrido.

También avisan que el príncipe de Barbançon se desafió con D. Alonso Manrique, el cual salió al campo dos a dos, y a las primeras idas y venidas le dio Barbançon una herida en la mano a D. Alonso, y el dicho D. Alonso alzó y le dio una cuchillada en la cabeza al dicho Barbançon, con que le tendió a sus pies. Un pajecito del de Barbançon, viendo que su amo estaba en el suelo, metió mano a la espada y le dio una estocada al dicho D. Alonso en la barriga, de que murió dentro de tres días, y el Barbançon quedó bien malo de su herida. Dicen sucedió el caso en esta forma: Que la princesa de Barbançon llegó a una almoneda a poner precio a cierta cosa que tenía gusto de ella, y entró otra señora del país a pujarla, de lo cual salió muy corrida la Princesa. Se lo contó a su marido, el cual, estando después en conversación con unos caballeros, dijo mal de aquella dama. Hallábase acaso presente el D. Alonso, el cual lo llevó muy mal, y le dijo al príncipe que las damas habían de tratarse de otra manera, que era un descortés, etc., y le envió un cartel de desafío y le sacó al campo.

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